Las hermandades de Huelva y Granada han escrito un nuevo y emotivo capítulo en esta historia centenaria de amor y devoción que es El Rocío. Como bien sabéis, nuestra Hermandad, con prudencia y responsabilidad, decidió este año no peregrinar en la fecha asignada para nuestra Peregrinación Extraordinaria debido a las graves inclemencias meteorológicas, atendiendo a las autoridades y priorizando la seguridad de nuestros hermanos. Sin embargo, Dios escribe derecho con los renglones torcidos, y he aquí que la Virgen del Rocío no quiso que nuestra Hermandad este año se quedara sin visitarla en Peregrinación Extraordinaria, por lo que tuvimos la bendita dicha de ser invitados por nuestra Hermandad Madrina de Huelva a acompañarla en su peregrinación. Con el beneplácito de la Hermandad Matriz y la autorización de las autoridades religiosas, así, de la mano, ambas corporaciones caminaron juntas hasta postrarse ante la Santísima Virgen del Rocío, viviendo un regalo inesperado que nuestra querida Madre nos concedió y que quedará grabado para siempre en nuestra memoria rociera. No podemos dejar de expresar nuestro más profundo agradecimiento a nuestra Madrina, la Hermandad de Huelva, gracias por vuestro ofrecimiento generoso, por vuestra cálida acogida, por el cariño sincero y por demostrar, una vez más, vuestra grandeza y vuestro sentir rociero.
Fue preciosa y extraordinaria la Santa Misa cantada por el coro; el cante se hizo oración, elevándose hasta el Cielo en cada estrofa, especialmente en esa emotiva letra dedicada a Granada que tocó nuestros corazones. Nuestra oración se elevó unida a la vuestra por las víctimas del accidente de Adamuz y por el consuelo y la fortaleza de sus familiares, en un gesto de comunión fraterna que define el verdadero espíritu del Rocío. Tras la celebración de la Sagrada Eucaristía y antes de la despedida, el día se culminó con un momento cargado de simbolismo: el intercambio de medallas de oro entre ambas hermandades, que quedaron prendidas en nuestros Simpecados como signo visible de esta unión profunda que trasciende la distancia. Gracias también a la Hermandad Matriz de Nuestra Señora del Rocío de Almonte por su generosidad y colaboración. La grandeza del Rocío se escribe con momentos como los vividos ese fin de semana. Nos separan cientos de kilómetros, pero nos une un mismo amor, una misma fe y una misma devoción a la Blanca Paloma.

“La Virgen sabe sus cuentas”.
Frase recurrente que utilizamos para remarcar que, por más desazonados que estemos, nunca debemos perder la confianza en Ella, la que en sus manos lleva la Verdad. Con lo que Granada la quiere, no podía quedarse sin su cita anual. Y no lo haría. Aunque esta vez sería diferente y más especial, si cabe. Porque ahí estaba Huelva. Mi Huelva, la que peregrina como una pleamar que lo inunda todo, empezando por los corazones de los que tienen la suerte de vivir su devoción. Huelva, la que ha dado la mano a una veintena de hermandades cuando han dado sus primeros pasos. También a la Granada rociera, mi Granada de acogimiento, a la que le recordó que, aunque ya pocos son los que lo guardan en la retina, una vez se la tendió, pero que esa mano seguía ahí; solo tenía que cogerla y caminar juntas una vez más como hermanas al encuentro con la Madre. Y fue como el hálito de vida cuando más se necesitaba, como el sol que rompe la oscuridad o el viento que detiene las tormentas.
Y mi Granada por fin llegaba. Y su Simpecado salía de su casa de la plaza de Doñana con paso firme, elegante y decidido, dispuesta a encontrarse con su Madre y a rezarle el Santo Rosario junto a las otras nueve hermandades que ese fin de semana se daban cita en la aldea. Y al compás del tamboril de Ismael, a la luz de los cirios de sus hermanos, Granada enfilaba el final de la calle Romería cuando Huelva, como saludo, hacía sonar su campanil de la capilla. Y Granada respondía decidida y con humildad; se abría paso entre los hermanos de la onubense para postrarse respetuosa ante su madrina, cuyos hermanos respondían con un aplauso atronador cargado de agradecimiento y empatía hacia una Hermandad que había tenido que tomar una de las peores decisiones de su historia. Y las dos hermandades se hicieron una cuando terminó el santo rezo por las calles de la aldea, y juntas enfilaban la vuelta hacia el Real entre el tradicional humo de las bengalas que ponían luz a esa estampa histórica, cuando Huelva recibía a los Simpecados cantando. Plegarias y sevillanas de los jóvenes onubenses que daban calor a la fría noche marismeña y humedecían los ojos de los presentes, embargados por la emoción, cuando entre salves y vivas los Simpecados quedaban entronizados en la capilla, en un altar dispuesto para la ocasión, con detalles que brotaban como el de las medallas de las dos hermandades entrelazadas. La noche se hizo un sueño y tocaba seguir soñando…
Y mi Granada por fin llegaba. Y su Simpecado salía de su casa de la plaza de Doñana con paso firme, elegante y decidido, dispuesta a encontrarse con su Madre y a rezarle el Santo Rosario junto a las otras nueve hermandades que ese fin de semana se daban cita en la aldea. Y al compás del tamboril de Ismael, a la luz de los cirios de sus hermanos, Granada enfilaba el final de la calle Romería cuando Huelva, como saludo, hacía sonar su campanil de la capilla. Y Granada respondía decidida y con humildad; se abría paso entre los hermanos de la onubense para postrarse respetuosa ante su madrina, cuyos hermanos respondían con un aplauso atronador cargado de agradecimiento y empatía hacia una Hermandad que había tenido que tomar una de las peores decisiones de su historia. Y las dos hermandades se hicieron una cuando terminó el santo rezo por las calles de la aldea, y juntas enfilaban la vuelta hacia el Real entre el tradicional humo de las bengalas que ponían luz a esa estampa histórica, cuando Huelva recibía a los Simpecados cantando. Plegarias y sevillanas de los jóvenes onubenses que daban calor a la fría noche marismeña y humedecían los ojos de los presentes, embargados por la emoción, cuando entre salves y vivas los Simpecados quedaban entronizados en la capilla, en un altar dispuesto para la ocasión, con detalles que brotaban como el de las medallas de las dos hermandades entrelazadas. La noche se hizo un sueño y tocaba seguir soñando…
Porque ese primer domingo de marzo amaneció más bonito que ninguno, con los rayos de sol sacando el brillo más hermoso de los Simpecados, con los hermanos radiantes para la cita, con el sonido de los tamborileros y el cante del coro joven rompiendo el silencio del mediodía. Y Huelva y Granada se pusieron en marcha de la mano, con señorío, imponiendo el respeto del público por donde pasaban, con rezos susurrados, lágrimas en las mejillas y aplausos para la Madre de Dios. Madre a la que sentía que acariciaba cuando portaba el peso de la fe bordada en oro de mi ciudad y Hermandad de acogida, junto a la Huelva de mi vida, mi misma esencia, que hacía gala de generosidad compartiendo los momentos más bonitos del año rociero.
Y todo cobró sentido al llegar a las puertas del divino Santuario, cuando las emociones estallaban en forma de vivas, con Almonte ejerciendo como anfitriona y recibiendo al cortejo bajo el mismo dintel, recordando aquella vieja estampa de la primera romería de Granada de allá por 1979, cuando madrina y ahijada se presentaron ante la Virgen y el pueblo de Almonte con los Simpecados portados a mano en un ambiente fraternal que ya sería eterno.
Como eterna sería ya aquella visión de ver entrar en ese templo de amores a tus dos Simpecados, con las voces de mi coro de Huelva haciendo de banda sonora perfecta para recibir al Santísimo y homenajear a aquellas inocentes víctimas del reciente accidente ferroviario que tanto nos horrorizó. Y Ella, majestuosa, serena, humilde y guapa, presidiéndolo todo desde su camarín y mostrándonos que el camino a seguir siempre está en su Hijo. Era como soñar.

Seguimos soñando cuando Huelva cantaba Granada en El Rocío, sultana y mora, en una comunión para enmarcar en la que de pronto nos dimos cuenta de que, a pesar de las dificultades para muchos hermanos que estaban ausentes, Granada no había faltado a su cita, que no iba a ser un año inmaculado ni una triste página en sus casi cincuenta años, que allí estábamos para decirle a la Virgen que la queríamos, que le dábamos las gracias por el aliento de cada día, por ser el hombro en el que apoyarte cuando las luces se apagan, por ser la omnipresente intercesora de tantos granadinos. Porque soñaba cuando desde el presbiterio era mi voz la que hablaba por los corazones de los presentes y ausentes para dar las gracias por tantas cosas y por hacernos vivir aquellos momentos tan irrepetibles. Soñaba porque Granada estaba ahí y nos unimos al canto de la salve choquera y a los vivas de los corazones del hermano mayor onubense y de mi prioste granadino, que arrancaron la emoción y un abrumador aplauso en los presentes en el templo.
Si juntas salíamos, juntas volvíamos, más hermanas todavía, a esa capilla del Real del Rocío de tantas mañanas de lunes de Pentecostés de gloria. Porque Huelva nos quería como una parte más de larga nómina de hermanos y se demostraba en cada gesto y en cada mirada. Porque el coro volvía a recordarnos que este día era de todos, cantándonos otra vez cuando de nuevo portaba el tesoro más preciado del rociero granadino, tesoro que acerqué con todo el corazón a este grupo de hermanos con los que he vivido de las mejores experiencias de mi vida.
Seguía en el sueño. Y Granada, agradecida en el alma, ofrecía su medalla a los miembros de la junta onubense, que lucieron con orgullo en su pecho, así como también una pequeña de oro, ofrecida por las manos de aquellas inocentes víctimas del accidente, para el Divino Simpecado de Huelva, luz en su oscuridad, y que ya luce entre sus joyas más preciadas. Fue con la salve como nos despertamos de ese sueño para volver orgullosos y satisfechos porque Granada no había faltado a su cita como hermandad rociera y pudo rendir los honores que merece la Reina de las Marismas, la luz nuestra de cada día, gracias a la fuente devocional que es la filial onubense y a la generosidad almonteña.
Gracias, Madre nuestra del Rocío, siempre luz en la oscuridad, por seguir mostrándonos el camino, por hacernos vivir una bella jornada histórica para Granada y para el Rocío. En Ti confiamos. Tú sabes tus cuentas. Salve, María, Madre de esta tierra en la que te llamamos Rocío. Salve, Dulce Intercesora.
Escrito por Alejandro Aragón.


